Libertad Económica
El 57% siente que la economía empeora: un dolor con 90 años de historia
Un número que no sorprende, pero igual incomoda
Según una encuesta de Giacobbe & Asociados publicada por Perfil, el 57,4% de los argentinos cree que la economía está empeorando bajo la gestión de Javier Milei. Es un número que circula en redes como munición política y que los medios afines al kirchnerismo van a agitar durante semanas. Pero antes de usarlo para sacar conclusiones apresuradas, conviene hacer una pregunta que casi nadie se hace: ¿empeorando respecto de qué línea de base, y en qué escala de tiempo?
La percepción importa. No la descartamos. Cuando una familia no llega a fin de mes, su sensación de deterioro es real y legítima. Pero la percepción sin contexto histórico es, en el mejor de los casos, incompleta; en el peor, una herramienta de desinformación.
Argentina en 1950: el país que todavía podría haber sido
Hace falta traer un dato que duele más que cualquier encuesta de coyuntura. A principios de la década de 1950, Argentina era la octava economía del mundo por PBI per cápita, según registros históricos del Maddison Project. Competíamos de igual a igual con Francia e Italia. Éramos destino de inmigración europea, no origen de emigración hacia Europa.
Hoy, siete décadas después, somos un país que lleva cinco defaults soberanos, una inflación acumulada que destruyó al menos cuatro monedas, y una pobreza estructural que ronda el 40% de la población según el INDEC. No llegamos aquí por mala suerte ni por catástrofes naturales. Llegamos porque generación tras generación de gobiernos —peronistas, radicales, militares, menemistas, kirchneristas— eligieron el mismo camino: gasto público creciente, déficit financiado con emisión, regulaciones que ahogan la producción, y un Estado que creció como tumor mientras la economía real se encogía.
Esa es la línea de base real. No el segundo trimestre de 2023.
El ajuste duele porque el desequilibrio previo era enorme
Milei llegó al poder con un déficit fiscal primario que, según datos del Ministerio de Economía, superaba el 5% del PBI en 2023. Eso no es un número técnico abstracto: es el tamaño del agujero que el Estado le estaba haciendo a la economía privada cada año, financiado con deuda o con la maquinita del Banco Central. Cada punto de ese déficit era inflación diferida, una deuda que alguien iba a pagar. Y ese alguien, como siempre en Argentina, terminó siendo el asalariado y el pequeño comerciante.
El gobierno de La Libertad Avanza logró, por primera vez en décadas, revertir ese signo: el superávit fiscal primario de 2024 fue el primero en más de quince años. Eso no es un logro menor; es casi un hecho histórico en el contexto argentino. Pero el costo de esa corrección —reducción de subsidios, caída del gasto real, ajuste de tarifas— se sintió de manera inmediata en el bolsillo de sectores que vivían, en parte, de transferencias estatales artificiales.
Hayek lo explicó con precisión quirúrgica: los beneficios del intervencionismo son concentrados y visibles en el corto plazo; los costos son difusos y aparecen después. El proceso inverso —desmantelar el intervencionismo— tiene la lógica opuesta: los costos son inmediatos y visibles, los beneficios son difusos y llegan después. Por eso el 57,4% percibe deterioro hoy. No porque el rumbo sea equivocado, sino porque estamos en la fase más dura del proceso.
La trampa de la percepción como política económica
El problema con las encuestas de percepción económica —y esto no es un ataque a Giacobbe, que hace su trabajo— es que miden el estado de ánimo, no el estado de la economía. Y el estado de ánimo en Argentina tiene una historia de manipulación sistemática.
Durante el kirchnerismo, el INDEC fue intervenido para que los números dijeran lo que el gobierno quería que dijeran. Millones de argentinos "percibían" que la economía mejoraba mientras la inflación real duplicaba la oficial y la pobreza se medía con índices truchos. La percepción, en ese contexto, era una construcción política deliberada.
Hoy el movimiento es el inverso: hay sectores interesados en que la percepción de deterioro sea lo más alta posible, independientemente de lo que muestren los indicadores de fondo. No decimos que la encuesta esté manipulada —no hay evidencia de eso. Decimos que la percepción sin datos estructurales es insuficiente para evaluar una política económica de largo aliento.
Los datos que sí importan: la inflación mensual bajó de un pico del 25% en diciembre de 2023 a un dígito en 2024, según el INDEC. Las reservas del Banco Central mejoraron. El riesgo país cayó desde niveles de default inminente. Ninguno de esos indicadores aparece en la encuesta de percepción.
Lo que el electorado argentino todavía no terminó de procesar
Friedman decía que no existe el almuerzo gratis. Argentina vivió décadas creyendo que sí existía: que el Estado podía dar sin cobrar, subsidiar sin financiar, proteger sin distorsionar. El resultado está a la vista en esa foto de los años cincuenta comparada con el presente.
El desafío de cualquier gobierno reformista en Argentina no es solo técnico —equilibrar cuentas, liberar precios, reducir regulaciones. Es también pedagógico: explicarle a una sociedad que aprendió a relacionarse con el Estado como fuente de recursos, que ese modelo la empobreció durante noventa años.
Esa pedagogía es lenta, incómoda y políticamente costosa. El 57,4% que percibe deterioro no está mintiendo sobre su experiencia cotidiana. Pero tampoco está leyendo el arco completo de la historia. Y sin ese arco, cualquier encuesta de coyuntura es apenas una foto borrosa de un instante en un proceso que lleva casi un siglo.
Sin nostalgia, con urgencia
No escribimos esto desde la nostalgia por la Argentina del cincuenta. Ese país también tenía sus propias semillas del desastre: el primer peronismo ya estaba construyendo el modelo de Estado distribucionista que décadas después nos traería hasta aquí. La nostalgia es un lujo que no nos podemos dar.
Lo que sí podemos —y debemos— hacer es leer el presente con honestidad histórica. El dolor que registra la encuesta de Giacobbe es real. Pero su causa no es Milei: es la cuenta que finalmente alguien decidió empezar a pagar. La pregunta que ningún opositor responde con seriedad es cuál es la alternativa que no implique patear esa cuenta una generación más hacia adelante.
Hasta que esa pregunta tenga una respuesta concreta y creíble, el ajuste —con todos sus costos— sigue siendo el único camino que no conduce al mismo precipicio de siempre.
Relacionado: Argentina en decadencia: ¿hasta cuándo? — otra mirada sobre el mismo tema.
Fuentes citadas
- Encuesta Giacobbe & Asociados — Perfil — Fuente original de la noticia. Publica los resultados de percepción económica durante la gestión Milei.
- INDEC — Índice de Precios al Consumidor — Datos oficiales de inflación mensual que permiten contrastar la percepción con los indicadores formales.
- Ministerio de Economía — Resultado fiscal 2023 — Fuente para el dato de déficit fiscal primario superior al 5% del PBI en 2023, punto de partida de la gestión Milei.