Libertad Económica

La pax cambiaria se agota: quién paga la cuenta política

La advertencia que nadie quiere escuchar

Un economista le puso palabras a lo que muchos en el mercado susurran hace semanas: según Página 12, "al Gobierno se le está terminando la pax". El medio que lo publica no es precisamente afín al experimento libertario, y eso importa menos de lo que parece: la señal de alarma no viene de la oposición kirchnerista, sino del mercado de ideas, ese espacio donde los números mandan más que los relatos.

La pregunta que vale hacerse no es si la advertencia es correcta o incorrecta. La pregunta es qué implica políticamente que ese diagnóstico empiece a circular con fuerza, a menos de tres meses de las elecciones legislativas de octubre.

Qué fue la "pax" y por qué importa tanto

Desde mediados de 2024, el gobierno de Javier Milei construyó su legitimidad política sobre un activo concreto: la estabilidad. La inflación mensual bajó de niveles del 25% en diciembre de 2023 a un dígito sostenido. La brecha cambiaria se comprimió. El riesgo país cayó de niveles de default a zonas de mercado emergente normal. El superávit fiscal primario —inédito en décadas— fue la columna vertebral de todo ese edificio.

Eso es la "pax": no un acuerdo político, sino un equilibrio macroeconómico que permitió que sectores medios y altos, hartos del caos kirchnerista, le dieran al gobierno el beneficio de la duda. La clase media que sufrió el cepo, la inflación y el deterioro institucional durante cuatro años de Alberto Fernández y Cristina Kirchner no pedía milagros: pedía orden. Y orden hubo.

El problema es que el orden tiene un costo de mantenimiento. Y ese costo empieza a hacerse visible.

El tablero político: quién gana si la tregua se rompe

Aquí es donde el análisis deja de ser técnico y se vuelve crudo. Si la calma se agota antes de octubre, los ganadores y perdedores están bastante claros.

Perdedores inmediatos: La La Libertad Avanza entera. Una eventual aceleración inflacionaria o turbulencia cambiaria antes de las legislativas le daría a la oposición —tanto al kirchnerismo como al PRO disidente— el argumento que no pudieron construir en dos años: que el ajuste fue real pero los beneficios no llegaron. Ese relato, si se ancla en datos concretos de agosto o septiembre, puede mover votos en los distritos clave: Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe.

Ganadores potenciales: Cristina Kirchner, que lleva meses intentando recuperar la iniciativa política desde su condena, necesita que la economía le dé una mano que ella sola no puede darse. Un rebote inflacionario sería oxígeno puro para su narrativa del "ajuste que destruye". El PRO de Macri, que juega un juego más fino —ni oficialismo ni oposición dura— también se beneficia de cualquier debilitamiento que lo posicione como alternativa moderada.

El dato que nadie menciona: La coalición que sostiene al gobierno en el Congreso es frágil. Los aliados dialoguistas que acompañaron la Ley de Bases y el presupuesto lo hicieron con expectativas de resultados económicos. Si esos resultados se nublan, la disciplina legislativa de esa coalición también se nubla. Y sin mayoría congresal, gobernar se vuelve exponencialmente más difícil.

El riesgo de confundir el mapa con el territorio

Hay una trampa cognitiva en la que caen tanto los críticos como los defensores del gobierno: confundir la narrativa con la realidad del proceso. Los críticos ven cualquier turbulencia como la confirmación de que "el modelo no funciona". Los defensores tienden a minimizar señales de alerta genuinas como ruido mediático opositor.

Ninguna de las dos lecturas es útil. Lo que Hayek llamaba el problema del conocimiento disperso aplica perfectamente acá: los precios, el tipo de cambio y las expectativas agregan información que ningún ministerio puede procesar de forma centralizada. Cuando esa información empieza a mostrar tensión, ignorarla por razones políticas es exactamente el tipo de error que los gobiernos populistas cometieron durante décadas.

La diferencia entre un gobierno liberal serio y uno que solo usa la retórica liberal es precisamente esa: la disposición a leer las señales del mercado aunque sean incómodas, y a ajustar sin esperar que la crisis fuerce la mano.

Qué debería hacer el gobierno para no perder la iniciativa

Desde una perspectiva de gestión política inteligente —no de moralismo económico— hay algunas jugadas que el oficialismo debería considerar antes de que el tablero se le complique.

Primero, sostener la credibilidad fiscal a cualquier costo. El superávit primario es el ancla de todo. Si hay presión para aflojar el gasto antes de las elecciones —algo que la historia argentina predice con dolorosa regularidad—, esa presión debe resistirse. Un gobierno que abandona el equilibrio fiscal para comprar votos no es un gobierno liberal: es kirchnerismo con otro sombrero.

Segundo, comunicar los trade-offs con honestidad. La transición de una economía destruida a una sana tiene costos reales y distribuidos de forma desigual. Negarlos no los elimina: los acumula como combustible para el descontento. Friedman lo decía con claridad: no hay almuerzo gratis. Reconocerlo no es debilidad política; es credibilidad.

Tercero, no subestimar la velocidad a la que cambia el humor social. La Argentina tiene una memoria corta para los beneficios de la estabilidad y una memoria larguísima para el dolor del ajuste. Dos o tres meses de turbulencia pueden borrar un año de logros en la percepción de los votantes que no siguen los indicadores macro pero sí van al supermercado.

La cuenta regresiva hacia octubre

Las elecciones legislativas de octubre son el primer gran test electoral del experimento libertario. No son presidenciales, pero tienen un peso simbólico enorme: si La Libertad Avanza consolida su posición en el Congreso, Milei tendrá dos años más de segunda mitad de mandato con músculo legislativo propio. Si pierde terreno, el escenario se vuelve el de un presidente políticamente acorralado que gobierna por decreto y veto, lo cual tiene límites muy concretos.

La "pax" que se estaría terminando no es solo económica. Es la ventana en la que el gobierno puede demostrar que la estabilidad es sostenible, no un fenómeno pasajero. Perder esa ventana antes de octubre no sería solo un problema técnico. Sería una derrota política de primer orden.

Los que apoyamos la dirección de este gobierno —reducción del Estado, orden fiscal, libertad económica— no le hacemos ningún favor mintiéndole sobre los riesgos. La verdad incómoda es un insumo, no un ataque. El gobierno que mejor procese esa información será el que llegue más fuerte a las urnas.

Fuentes citadas

  1. Página 12 — "Al Gobierno se le está terminando la pax" — Nota original que da origen al análisis editorial. Publicada el 17 de julio de 2026.
  2. INDEC — Índice de Precios al Consumidor (IPC) — Fuente oficial para el seguimiento de la evolución de la inflación mensual en Argentina.
  3. Ministerio de Economía de la Nación — Resultados fiscales — Fuente primaria para los datos de superávit primario y resultado fiscal del sector público nacional.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa que se termine la 'pax' económica del gobierno?
Se refiere al período de relativa estabilidad macroeconómica —inflación en descenso, brecha cambiaria reducida, superávit fiscal— que sostuvo la imagen del gobierno desde mediados de 2024. Si esa calma se deteriora, el principal activo político del oficialismo se debilita.
¿Cómo afecta esto a las elecciones legislativas de octubre?
Las elecciones de octubre son el primer test electoral del gobierno de Milei. Una turbulencia económica antes de esa fecha le daría argumentos concretos a la oposición y podría mover votos en los distritos clave como la provincia de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe.
¿El superávit fiscal está en riesgo?
Según datos del Ministerio de Economía, el gobierno sostuvo superávit primario durante 2024. La presión política preelectoral históricamente empuja a los gobiernos argentinos a aflojar el gasto. Si eso ocurre, se compromete el ancla de toda la estrategia de estabilización.
¿Por qué Cristina Kirchner se beneficiaría de una crisis económica?
Kirchner lleva meses intentando recuperar protagonismo político desde su condena judicial. Un rebote inflacionario o una turbulencia cambiaria le daría sustento empírico a su narrativa de que el ajuste destruye sin construir, algo que no pudo demostrar en los últimos dos años de relativa estabilidad.
¿Qué debería hacer el gobierno para sostener la estabilidad?
Desde una perspectiva liberal, la clave es mantener el equilibrio fiscal sin concesiones preelectorales, comunicar los costos de la transición con honestidad y leer las señales del mercado sin filtros políticos. Aflojar el ajuste para comprar votos sería contradecir los principios que justifican el apoyo al experimento libertario.