Libertad Económica
Bajar la inflación es necesario, pero no suficiente: mirá lo que hizo Chile

El alivio no es la cura
La pregunta que plantea La Nación —¿y si con bajar la inflación no alcanza?— es incómoda pero necesaria. Y la respuesta honesta es: no, no alcanza. Nunca alcanzó. La estabilidad de precios es el oxígeno que necesita una economía para respirar, no el combustible que la hace crecer. Confundir ambas cosas es el error conceptual que Argentina viene cometiendo desde los años noventa, cuando la convertibilidad frenó la inflación pero dejó intacta una estructura productiva dependiente del Estado, el crédito externo y la protección arancelaria.
El gobierno de Javier Milei logró algo que muchos analistas consideraban imposible en el corto plazo: desacelerar una inflación que en diciembre de 2023 rozaba el 25% mensual. El dato es real y merece reconocimiento. Pero el riesgo ahora es político y conceptual a la vez: creer que el trabajo terminó cuando apenas empezó.
Lo que Chile hizo diferente en los '80
El espejo más incómodo para la Argentina es Chile. No porque sea un paraíso sin problemas —tiene los suyos, y graves— sino porque su trayectoria ilustra con precisión quirúrgica la diferencia entre estabilizar y transformar.
Chile no solo bajó la inflación en la década del ochenta. Abrió su economía al comercio internacional, privatizó empresas públicas deficitarias, reformó su sistema previsional hacia la capitalización individual y —lo más importante— sostuvo esas reformas a lo largo de gobiernos de distinto signo político. El resultado no fue inmediato ni indoloro, pero sí duradero: entre 1990 y 2019, Chile redujo su pobreza del 38% al 8% según datos del Banco Mundial, y su ingreso per cápita en paridad de poder adquisitivo llegó a triplicar al argentino en algunos momentos.
La Argentina, en cambio, tuvo estabilidad de precios entre 1991 y 2001 sin reformar el Estado, sin abrir la economía de manera sostenida y sin construir un consenso fiscal que sobreviviera al ciclo electoral. El resultado ya lo conocemos.
Uruguay e Irlanda: la consistencia como variable clave
No hace falta cruzar la cordillera para encontrar ejemplos. Uruguay lleva más de dos décadas con inflación de un dígito —interrumpida apenas por shocks externos— y una institucionalidad fiscal que ningún gobierno, ni el Frente Amplio ni el Partido Nacional, se animó a dinamitar. No es un país libertario en sentido estricto, pero sí uno que aprendió que las reglas de juego estables valen más que cualquier política de shock puntual.
Más lejos pero igualmente instructivo es el caso irlandés. En los años ochenta, Irlanda era el enfermo de Europa: desempleo del 17%, deuda pública en torno al 120% del PBI y emigración masiva. La transformación no vino de imprimir moneda ni de subsidiar industrias nacientes: vino de bajar el impuesto a las sociedades al 12,5%, abrir las puertas a la inversión extranjera directa y apostar a la educación técnica y universitaria como palanca de productividad. Hoy Irlanda tiene uno de los ingresos per cápita más altos de la OCDE.
La lección no es que Argentina deba copiar el modelo irlandés al pie de la letra. La lección es que la estabilidad macroeconómica fue el punto de partida, no el punto de llegada.
El populismo distribucionista ya dio su respuesta, y fue un fracaso
Frente a esta discusión, la respuesta kirchnerista es predecible: si bajar la inflación no alcanza, entonces hay que distribuir más, gastar más, proteger más. Es la lógica del torniquete: aplicar presión en un punto hasta que el sistema colapsa en otro.
Los números son elocuentes. Entre 2003 y 2015, el gasto público nacional pasó del 22% al 42% del PBI, según datos del Ministerio de Economía. La pobreza bajó durante el ciclo de los commodities altos, pero rebotó con fuerza cuando los precios internacionales cayeron y el gasto no tuvo con qué financiarse. La inflación que Milei heredó no fue un accidente: fue la consecuencia lógica de financiar con emisión lo que el fisco no podía pagar.
Mises lo advirtió con décadas de anticipación: la expansión artificial del crédito y la emisión monetaria no crean riqueza real, solo redistribuyen en el tiempo las pérdidas que alguien deberá absorber. Argentina pagó esa cuenta durante cuatro años de estanflación.
Qué falta en la agenda de reformas
Reconocer que la desinflación es necesaria no implica que sea suficiente. La segunda etapa del programa —la que determinará si esto es un ajuste coyuntural o una transformación estructural— requiere al menos tres movimientos que todavía no están consolidados:
Apertura comercial gradual pero sostenida. Argentina tiene aranceles promedio entre los más altos de América del Sur. Proteger industrias ineficientes con tarifas elevadas no genera empleo de calidad: genera rentas para pocos y precios altos para todos. Nueva Zelanda eliminó sus subsidios agrícolas en los años ochenta —un shock brutal para su sector rural— y hoy tiene una de las agriculturas más competitivas del mundo.
Reforma del mercado laboral. El Código Laboral argentino fue diseñado para un mundo industrial del siglo XX. Las indemnizaciones, las restricciones al trabajo a tiempo parcial y la rigidez de los convenios colectivos desincentivan la contratación formal. Estonia, que en 1991 era una economía soviética en ruinas, reformó su mercado laboral junto con su sistema impositivo flat y hoy tiene una tasa de informalidad marginal.
Reducción permanente del Estado empresario. Las empresas públicas deficitarias —Aerolíneas Argentinas es el caso más visible pero no el único— consumen recursos que podrían financiar infraestructura o reducción impositiva. Friedman lo sintetizó mejor que nadie: no existe el almuerzo gratis. Cada peso que el Estado gasta en sostener una empresa ineficiente es un peso que alguien del sector privado no puede invertir.
El riesgo de conformarse con el primer paso
El peligro político del momento actual es que la baja de inflación genere una sensación de misión cumplida que frene el impulso reformador. La sociedad argentina, agotada por años de inestabilidad, puede tentarse con la estabilidad como fin en sí mismo. Es comprensible. Pero sería un error histórico.
Los países que lograron salir del subdesarrollo no lo hicieron estabilizando y descansando. Lo hicieron estabilizando y construyendo: instituciones, mercados, reglas, apertura. La pregunta de La Nación es válida y oportuna. La respuesta correcta no es volver al gasto público como motor del crecimiento —eso ya se probó y fracasó— sino entender que la estabilidad de precios es el boleto de entrada a una transformación más profunda.
Argentina tiene hoy una oportunidad que no tuvo en décadas. Desperdiciarla conformándose con el primer paso sería tan grave como no haberlo dado.
Relacionado: Insaurralde y el gasto público: crónica del yate que hundió al kirchnerismo — otra mirada sobre el mismo tema.
Fuentes citadas
- La Nación — ¿Y si con bajar la inflación no alcanza? — Nota original que dispara el análisis editorial sobre los límites de la desinflación como política única.
- INDEC — Índice de Precios al Consumidor — Fuente oficial para el seguimiento mensual de la inflación en Argentina.
- Ministerio de Economía — Datos de gasto público — Referencia para los datos de evolución del gasto público nacional como porcentaje del PBI.



